octubre 02, 2013

I historia corta

 
Volviendo a Wonderland

         La rubia anciana yacía en cama, su piel llena de arrugas daba fe de su avanzada edad. A su alrededor un par de chicas: una de cabellos tan rubios como su abuela que no pasaba de los once años y otra de cabellos rojizos entrada en sus veinte, se movían nerviosamente. Desde hacía varios días su abuela había entrado en la etapa final de su enfermedad, por lo que familiares y amigos llegaban en oleadas a la visita de rigor.

     A pesar de que los momentos de conciencia eran bastante esporádicos, la mujer sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo… moriría en pocos días y ya no tendría la oportunidad de disfrutar más de sus nietas a las que había adorado con el corazón. Ellas eran las dos únicas personas en el mundo que habían comprendido –y apreciado- sus historias; su hija mayor siempre las había catalogado de fantasiosas, su hija menor de descabelladas y su hijo sólo reía.

      Por instantes se preguntaba si aquella mágica tierra a la que sólo había entrado en un caluroso día de verano continuaba siendo tan bella y disparatada. Abrió los ojos lentamente y giró la cabeza en dirección a la voz suave de su nieta mayor, sin embargo todo lo que logró fue sorprenderse: se encontraba de pie en medio del jardín. Apretó los labios ¿cuándo había salido? Se sintió mareada, por lo que tuvo que sujetarse al tronco del árbol que tenía más cerca, pero al ver la piel suave y tersa de su brazo no pudo más que ahogar un grito.
     Se llevo las manos al rostro y luego al cabello… no tenía la piel arrugada, ni el cabello canoso además llevaba su vestido azul veraniego y el lacito a juego que su hermana mayor acostumbraba colocarle hasta que tuvo suficiente edad como para decidir por sí misma que accesorios quería llevar.

      ¿Qué está sucediendo? Caminó a trompicones hasta la orilla del lago que tenía al frente y se dejo caer de rodillas de manera que el agua cristalina le sirviera de espejo: el reflejo de una chica de doce años le devolvía la mirada, sus ojos de un azul rey brillante estaban abiertos hasta su máxima expresión mientras que sus labios de un rosa suave formaban una O perfecta.  Le costó reaccionar, y cuando por fin lo hizo fue gracias a un movimiento suave y repentino entre la maleza.
      Se puso de pie muy lentamente divisando a un precioso conejo blanco que corría apresurado, llevaba una chaqueta de tela escocesa y un gran reloj en el bolsillo derecho de la misma. La chica no pudo evitarlo esta vez y soltó un chillido, así mismo comenzó a correr tras el animal de cola esponjosa, que se coló a través de una abertura en la base del tronco del árbol en el que ella previamente se había apoyado.

- ¡Hola! – Llamó antes de abalanzarse de nuevo por el agujero y caer al vacío - ¿Señor conejo?

     No hubo respuesta, por lo que tomó una bocanada de aire y avanzó con el corazón latiéndole a mil por hora, para adentrarse en la grieta. Caminaba lentamente, segura de que en cualquier momento comenzaría una vertiginosa caída pero esta nunca llegó, todo lo que sentía bajo sus pies era la gravilla crujir; al fondo observó una luz brillante que la cegó, por lo que se llevó una mano a los ojos. ¡Tenía que estar soñando! El país de las maravillas había sido una locura de verano (debida al calor sofocante) o al menos eso era lo que su hermana le había explicado durante los siguientes veinte años de su vida cada vez que hablaba de todo lo que había visto.

      Sintió que el techo se movía sobre su cabeza, por lo que levantó la vista y comprobó con desagrado que la madera llena de vetas parecía estar convulsionándose, de modo que echó a correr aterrada. Cada vez la luz al final de la grieta parecía volverse más pequeña, hasta que por fin cuando el techo parecía listo para aplastarla llegó al otro lado. Los últimos metros del camino los había recorrido con los ojos cerrados, por lo que al abrirlos nuevamente se sintió deslumbrada.

     Hizo un gesto de asombro cuando el conejo blanco reapareció caminando sobre sus patas traseras, estaba sonriendo mientras levantaba el reloj de bolsillo del tamaño de un melón para que la rubia lo observase.

- ¡Vamos! ¡Se hace tarde! – Exclamó – No querrás llegar retrasada a la fiesta del té

- ¿Fiesta del té? – la chica parpadeo - ¿de nuevo?

     El conejo frunció el entrecejo pensativo, luego guardó el reloj de nuevo en su bolsillo.

- ¿Ya has estado aquí?

- ¡Claro que sí! – Sonrió – hace muchos años, mi nombre es Alicia… ¿Me recuerdas?

     El conejo pareció algo incómodo, por lo que negó violentamente con la cabeza.

- No, además estamos retrasados, ¡vamos! Sígueme

     Alicia bufó, nunca le había gustado la prisa de aquel conejo en especial porque nunca parecía tener una razón de peso que lo respaldara. Sin embargo lo siguió diligentemente a través de aquellas extensiones de pasto color verde esmeralda  y entre el que se distinguían mariposas con alas en forma de corazón, caracoles con las conchas llenas de gemas, y pájaros que sobrevolaban cantando las letras del abecedario, o en su defecto una triste melodía parecida a un himno.
     Ahora en su segunda visita al país de las maravillas tenía más conocimiento de todos los lugares con los que se cruzaba: distinguió la pradera de las rosas a su izquierda, el inmenso hongo donde había hablado con un gusano – que la superaba en altura- a su derecha, y finalmente la verja de madera destartalada que daba paso a un largo camino adoquinado y que culminaba en una mesa blanca engalanada con tazas de porcelana, platos llenos de pastas y teteras que silbaban alegremente canciones infantiles que había escuchado cuando sólo contaba con cinco años de edad.

      El conejo se detuvo un par de segundos para abrir la verja, luego se giró en dirección a Alicia quien lo observaba interesada.

- Están esperándote – se mostró muy seguro de sí mismo – debo felicitarme, llegamos cinco minutos antes

     Alicia aplaudió con suavidad, recordaba que su madre le había enseñado que cada vez que alguien le informaba sobre un logro debía hacerlo. El conejo hizo una reverencia con la que golpeó el suelo de adoquines con sus largas orejas, luego señaló en dirección a la entrada.

- ¡Vamos niña! Están esperando por ti

     La chica asintió, pero se detuvo un segundo y apretó los labios insegura.

- ¿La reina de corazones está allí? – dijo observando nerviosa la punta de sus zapatos de charol negro

     El conejo se llevo la pata a la barbilla y un segundo después respondió.

- No, ella no estaba invitada… de hecho puedo asegurarte que te alegraras de ver a todos los que están sentados a la mesa

     Alicia hizo un gesto ansioso, para luego suspirar y sonreír a su interlocutor.

- Gracias – dijo en tono amable – por haberme guiado, creo que no habría recordado el camino ni queriendo

- No pasa nada – se acomodó la chaqueta de tela escocesa – que disfrutes la velada

      La rubia comenzó a recorrer el camino dejando al conejo atrás en sólo segundos. Estaba alterada, volvería a ver al sombrerero en un instante y lo único que se le ocurría era pensar en la mala impresión que le había dado en su única visita a aquella casa desvencijada. Apretó el paso dando alcance por fin a la mesa, pero se sorprendió al comprobar que en efecto: la reina de corazones no estaba allí, pero tampoco lo estaban el sombrerero, ni el gato atigrado de aspecto diabólico… por el contrarío, al fondo encabezando la reunión se encontraba su madre, con su cabello castaño claro sujeto en un moño en lo alto de la cabeza y la sonrisa que solía dedicarle a sus hijas cada vez que les decía lo mucho que las quería; a su derecha, una joven de unos veinte y tantos años bebía de su taza de té calmadamente, finalmente sentada frente a ella, un chico de la misma edad de Alicia, pero de cabellos rojizos colocaba un par de pastas en su plato con motivo de frutas.

- ¡Madre! ¡Ana! ¡Peter! – Exclamo Alicia fascinada - ¡están aquí!

- ¿Y donde creías que estaríamos? – Ana sonrió - ¡Ven! Siéntate

- Tenemos mucho tiempo esperando por ti – su madre asintió

- Lo lamento – Alicia bajo la mirada al tiempo que ocupaba el lugar junto a su hermana

- Eso ya no importa cariño – Ana le colocó una taza llena de humeante té de manzanilla
      Alicia suspiró, no esperaba que su regreso al país de las maravillas estuviese tan plagado de buenos momentos, por sobre todas las cosas porque hacía mucho que estaba esperando verlos a todos los allí reunidos de nuevo.
     El sol acababa de comenzar a ponerse pero eso poco le importaba, estaba rodeada de sus seres queridos en el lugar al que siempre había soñado con regresar; entre tanto sus nietas lloraban en silencio deseando con fuerza que su abuela pudiese volver a disfrutar de aquellas tarde de té en compañía de un conejo.

2 comentarios:

  1. ¡Me ha encantado! El párrafo final me ha impresionado mucho...ese tipo de cosas me hacen pensar...espero que continúes pronto, me ha gustado mucho. n.n (Pero yo quería ver al sombrerero ¬¬)

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  2. Extraordinario!" a decir verdad,...me encanto la encantadopra manera de honrar a Lewis C con su personaje emblematico y festejar con ello tambien,...el amor, la vida y la despedida! gracias por tan grato momento y felicidades por el cuento;digno de ser publicado e ilustrado!;...que sigan los exitos! FEVC

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